Críticas Publicadas

Comencemos por la sorpresa. No por el descubrimiento de Paloma Ripollés, que es una pintora joven pero ya conocida y reconocida, sino por la sorpresa que produce, año a año, exposición a exposición, la contemplación de cada uno de sus cuadros. No hay modo de permanecer indiferente, son lienzos que llaman la atención, que cautivan.
Decía Eliot de la poesía, pero puede ampliarse a cualquier manifestación artística, que lo peor que le puede pasar a la obra de arte es que quien accede a ella exclame: “bien, ¿y qué?”. No reza en absoluto para los óleos de Paloma Ripollés, en los que el dominio del color -más alegre que llamativo, más libre que atrevido- nos hace sumergirnos en el mundo personal de la pintora, que es el que nos sirve para llegar, no sólo como meros espectadores, sino sintiendo -quizá al estilo unamuniano- a los paisajes, la naturaleza, las escenas urbanas…
También Eliot supo desentrañar ese mecanismo por el que la obra de arte, emanación de la personalidad del artista, se convierte también en parte de la vida de quien la recibe. De un lado, en vez de ese escéptico “¿y qué?”, la sensación de haber sido conmovidos, de sentir la emoción que produce contemplar, en este caso, que la artista ha sabido, al pintar, penetrar en la esencia de las cosas.
No se trata de una mera representación de cosas o paisajes bellos, no hay una “imitación” de lo que ella y nosotros podemos observar desde un determinado lugar del mundo. La maestría con el color, el juego de la luz -y de las luces-, el acierto en la composición de los diferentes elementos de sus cuadros hace que las cosas y paisajes no sean los que están ahí fuera, sino los que, vistos, se amasan en el interior de Paloma Ripollés. Si en la Historia, son las historias humanas las que emocionan, en el Arte conmueven las obras que dimanan de un estilo personal, que es lo que indudablemente tiene ella.
Pero esa sensación del que se acerca a la obra de arte debe añadir, terminaba Eliot, con el convencimiento de que la conexión con el artista conlleva también el convencimiento de que no se trata de un efluvio irracional, de una casualidad, sino de la combinación del estilo y el genio con la técnica. La muy  depurada de Paloma Ripollés, el trasfondo de un clasicismo asentado, es el terreno en el que crece su libertad y su sabiduría artísticas.
Los críticos explicarán las influencias, las trayectorias, los detalles de la técnica. Nosotros, sencillamente, que nos cautiva y nos emociona.

Germán Yanke

Que un tema tan tradicional en la historia de la pintura como es el paisaje y la naturaleza, sea tratado con la alegría, la novedad y el desprejuicio colorístico con que lo hace Paloma Ripollés, no es ninguna novedad en el quehacer de nuestra autora. En efecto, la pintura de Ripollés se caracteriza por la asunción de un toque colorístico intenso y atrevido, aplicado con una enorme libertad, que hace que cualquiera de sus paisajes o vistas sean contemplados como si los viéramos por primera vez.
Una inocencia de la mirada de la que no está exenta una aquilatada sabiduría cromática y compositiva, que sitúa a Ripollés en la línea de nuestros maestros del paisaje contemporáneo.

Fernando Checa
Director del Museo Nacional del Prado

Presentación exposición individual. Madrid 2001.

LOS OJOS DE PALOMA
Esos cielos manchados, no puros, pero no definitivamente tormentosos de Paloma Ripollés; esos panoramas geológicos, más que paisajes, esa fuerte, segura y magistral sensación de Toledo, ciudad medularmente pintada; esos bodegones rotundos donde se advierte la destreza de la composición… Es la cualidad visiva de la pupila española que admira a los franceses, a los alemanes, incluso a los italianos. Paloma Ripollés la posee en grado penetrante, cuando aún está lejos de su plenitud existencial, y por tanto, de su plenitud expresiva.
No hay nada en este lenguaje pictórico (que aparta las presuntuosas demostraciones de habilidad) cerrado o estático, sino que es una erupción sin límites precisos, una exploración no de las relaciones lógicas entre las cosas en el espacio y en el tiempo, sino del misterio de cada cosa. No ya desde el punto de vista del arte, sino también de la historia, la exactitud no es una condición de la verdad.
(…)
Esta joven pintora vive ya dentro de una disciplina ansiosa, la de buscar esencialidades con los ojos, sin innovaciones estrambóticas y sin obstinarse en que la pintura es nada más que una “cosa mental”.
No hay rutina en estos lienzos, no hay énfasis, sino naturalidad imaginativa y honestidad. Son unos lienzos en los que todo está vivo y dotado de una cierta intensidad. Me parece a mí que Paloma se plantea cada cuadro como un conflicto sutil. Creo que da el latido de los cielos, de los paisajes, de los objetos, de los monumentos. No busca significados sino sentimientos. Es una pintura a la vez esencial y fluctuante.

Carlos Luis Álvarez “Cándido”

COLORES COMO PENSAMIENTOS
No hace más de tres años que descubrí la pintura, los cielos despintados, las texturas nada convencionales, los fuertes ocres, los paisajes crepusculares o encendidos, la flora arrebatadora, las playas, los caseríos, los interiores, el arte singular en suma de Paloma Ripollés Aguilar (1967). Y pensé entonces, como lo creo ahora, que estaba ante una pintora de sólida expresión que utiliza los colores a modo de ideas, incluso diría que de pensamientos. En aquella exposición en la que vi por primera vez la obra de Paloma Ripollés (Madrid, primavera, 1995) había un cuadro titulado “Cielo de Castilla” que producía al espectador un auténtico estremecimiento estético y en el que quise adivinar las posibilidades extraordinarias de unos pinceles que tenían mucho que decir en el mundo del arte.
Me he acercado siempre a la pintura como mero espectador. Amigos pintores me han explicado luego cuestiones técnicas, e incluso por afición me he iniciado en la lectura de algunos ensayos sobre arte. Pero me sitúo ante la obra de Paloma Ripollés como espectador, nada más que como espectador, para dejarme inundar por toda una corriente comunicadora que me transmite la sensibilidad con que esta joven artista se acerca al lienzo. No sería lo más importante glosar la auténtica maestría con que Paloma Ripollés utiliza los colores, un auténtico festival cromático que nos recrea un mundo onírico y sublimador de la realidad a través de trazos gruesos, inconfundibles, que parecen dispararse y saltar fuera del espacio físico que los contiene. Sin que pueda deducirse influencia alguna, la estampida de color, y en ocasiones, la luz cegadora que irradia su pintura, me hace recordar vagamente algunas de las mejores muestras que nos legó la escuela italiana y de la que tan cerca estuve como animador en mi juventud.
Paloma Ripollés ha hecho trizas ese cierto conformismo académico que impide en ocasiones al artista expresarse por sí mismo. Auténticos campos de ensoñación, sus cuadros más celebrados, el ya mencionado, las tierras de girasoles, los almendros en flor, la serranía de Ronda, la vega andaluza, pero sobre todo Castilla en el fulgor de su paleta, nos sitúan ante un escenario pictórico que se adentra también en territorios urbanos difícilmente abarcables en lo convencional o lo puramente simbólico.
Al contemplar ahora, con la evolución de sus pinceles, esta nueva remesa de lo más reciente de su obra, observo interesado que Paloma Ripollés avanza, investiga y explora sobre su propia determinación artística, en un salto cualitativo que nos confirma plenamente su singularidad y su maestría. Es verdad que Paloma Ripollés se sirve del color para captar la atención del observador, pero no es toda la verdad. Hay en su itinerario artístico elementos que hablan por sí mismos de que esa evidente evolución impresionista le ha hecho penetrar en la esencia de los motivos que aborda dentro de un “clasicismo” creado por ella misma y avalado por un impresionante “currículum”: el del trabajo exigente, el de la obra bien hecha.

Francisco Giménez-Alemán
Director del diario ABC

Quisiera salir al campo un día, en Castilla, y encontrarme con que es verdad lo que tantas veces se ha dicho: que la Naturaleza imita al arte. Y que, en un soleado día de otoño, por ejemplo, los álamos que orlan los cauces de los ríos se ponen del esplendente y alegre color amarillo con que los pinta Paloma Ripollés.
Pintar un paisaje no es simplemente recortar con tijeras un pedazo de mundo y ponerlo en la pared de casa como si fuera una ventana abierta. No consiste en imitar o tratar de emular a la Naturaleza como si fuera un espacio exterior a nosotros y ante el cual permaneciéramos indiferentes. Pintar un paisaje es mucho más que eso. Un filósofo dijo que las cosas no existen más que si alguien las mira. Y, en tal caso, el pintor no pinta el paisaje que ve sino que lo que pinta es su propia mirada sobre ese paisaje.
Pintar el cuadro que ella ve por dentro, no el que cualquier persona puede encontrar fuera con sólo encargar que le enmarquen un trozo de planeta, es lo que ha hecho Paloma Ripollés. Los colores que la pintora ve en el paisaje acaso no existan en él. No es tan radiante, no es tan exultante la Naturaleza como para prodigar estos potentes rojos, estos vibrantes amarillos, estos deslumbrantes azules. Los dioses siempre fueron menos alegres que nosotros.
Paloma Ripollés maneja los colores con maestría. Pinta desde niña y mucho de lo que sabe, afirma ella, lo aprendió más que en las Facultades, en la escuela “artaquiana” de Rosendo Loriente. Al terminar la carrera, sintió flaquear su vocación de pintora. Pasó entonces a Italia y Florencia le devolvió el gusto a pintar.
Su paleta, sin embargo, no es italiana sino que parece bañada por la luz de la Meseta manchega; sus cuadros son testigos de los anchos horizontes de la Sagra toledana, donde vive y trabaja. Me impresionan especialmente esos paisajes de bancales con surcos que parecen ir al fin del mundo bajo cielos pacidos por rebaños de nubes. Pero también su visión de Toledo, que se alza en verdes, en ocres, en rojos hacia un cielo imperialmente azul. Pero también sus bodegones, en los que la Naturaleza no por muerta, aparece menos vibrante.
Buscando posibles influencias (…) me acordé de Benjamín Palencia y de la Escuela de Vallecas. Creo, no obstante, que ese parentesco le viene a Paloma Ripollés más que de su adscripción a ninguna escuela, de la luz y el color de su terrestre residencia. No tiene pintores preferidos, no sigue tendencias ni modas. Quiere tan sólo pintar el mundo como lo ve y como lo siente.
Algún día, auguro, podrá ella decir, parafraseando al poeta clásico, que cada pincelada “dice casi mi nombre”. Algún día no muy lejano llegará en que Paloma Ripollés consiga lo que ya parece tener al alcance de la mano y que es el sello de los verdaderos pintores: que todo lo que ella pinte, una ciudad, un paisaje, un bodegón, una figura humana, tenga la condición de un autorretrato.

Luis Carandell

Mi primera mirada a la pintura de Paloma Ripollés me produjo un gran impacto visual. Se advierte, de inmediato, su filiación “fauve”, muchas de cuyas características comparte. En ese primer encuentro me vinieron a la menta algunas frases de Juan Ramón Jiménez en “Platero y yo” que me habían resultado, en su momento, tan sugerentes como los cuadros de Paloma, por la gran libertad que las palabras del poeta de Moguer expresaban a la hora de describir aspectos del paisaje y de la naturaleza que podemos contemplar habitualmente pero que el escritor nos enseña a percibir de otro modo: “…las frescas brisas moradas van y vienen… y vaga por el llano una esencia pura y divina, de confundidos prados azules celestes y terrestres” o “…el vasto cielo fue cual un zafiro transparente, trocado en esmeralda”.
Los paisajes de Paloma Ripollés no son paisajes convencionales, sino una interpretación de la naturaleza a través de la libertad en el color, protagonista absoluto, luminoso siempre, violento, insólito, con vibrantes asociaciones cromáticas. Para la pintora, siempre a la búsqueda de “sus colores”, de los que ella desea crear, entonar es lo más importante, en cada color están todos los demás, tanto los complementarios como los opuestos.
Al describir la naturaleza, con trazos simplificados, con contrastes de tonos, pese a todo armoniosos, la pintora transparenta su gran vitalidad, su fuerza expresiva, su impulso de juventud con una pintura cada vez más madura.
Su temática es muy amplia: amarillos campos de trigo con encendidas amapolas, pinos ordenadamente dispuestos, a veces cerca del mar, níveos almendros con malvas sugestivos, apelotonados girasoles, lejanos olivos, pueblos encaramados estratégicamente, casi totalmente azules: troncos, ramas y hojas… y sobre todo, sus cielos con pigmentos que se dejan entrever en las capas superpuestas de pintura y que siempre complementan el cromatismo del resto del cuadro lo que hacer de ellos, gracias a su atento trabajo con la espátula, unos espacios originales e inquietantes.
Los bodegones de Paloma son también espléndidos, cada uno con una tonalidad concreta predominantes, todo geométricamente dispuesto para nuestra contemplación ya en azul, ya en tonos anaranjados con un fondo caleidoscópico… Son un auténtico lujo para nuestra atenta mirada.
Esperamos mucho de Paloma pues su pintura se afianza y se desarrolla con seriedad y profesionalidad, lo que unido a su fuerza expresiva hacen augurar un excelente futuro para esta joven artista.

María Cruz Toledano
Doctora en Filosofía y Letras y Crítica de Arte

EL PODER DEL COLOR
Inquietos por dentro ante la ausencia de algún síntoma de irracionalidad, susceptible de ser asociada a la idea de genio, muchos pintores se entregan a la fatigosa tarea de crear una leyenda en torno a su persona. Lo mejor que se puede decir de ellos es que buscan en su obra lo que no encuentran en sí mismos.
Anticipo, porque me parece sustancial, que éste no es el caso de Paloma Ripollés, lo que a su edad, no puede ser más que una prueba de inteligencia. Y una ventaja añadida: comienza su carrera situándose en el plano desde el cual es posible trabajar seriamente, con sinceridad, consciente de que los resultados se ven a largo plazo, tomándole el pulso al tiempo, ese gran aliado que acaba con las medias verdades, aunque también con la vida.
En ese sentido se expresaba Cézanne en una carta remitida a Emile Bernard: “creo haber logrado algún lentísimo progreso en los últimos estudios que vio usted en mi casa. Pero es ciertamente doloroso tener que comprobar que las mejoras en la comprensión de la naturaleza desde el punto de vista del cuadro y del desarrollo de los medios expresivos vayan acompañados de la edad y decaimiento físico”.
Y digo que el objetivo de Paloma Ripollés no puede alcanzarse más que en el largo plazo porque ha apostado, en los albores del siglo XXI, por interpretar la naturaleza a través del color y sin renunciar a su representación, con el espíritu de un clásico. Todo ello cuando la mayoría de las galerías comerciales que marcan el rumbo del arte actual -por lo menos circunstancialmente- muestran en sus salas objetos de uso o desuso u obras de laboratorio.
En la obra de Ripollés todo está en el color, en la fuerza que emerge de su tratamiento y situación en el cuadro, hasta el punto que todos los elementos alcanzan en esta dialéctica la misma evidencia, igual importancia. Los fondos pasan a primer plano y los objetos se neutralizan entre sí. La composición las formas, la perspectiva, la luz y cuantos elementos puedan ser analizados en una obra plástica, aparecen aquí rotundamente sometidos al poder del color que acaba imponiéndose.
Por ello, lo mejor de Paloma Ripollés no está en lo que parece, sino en lo que es: en el ejercicio decidido con el que penetra en la esencia misma de las cosas, con una manifestación barroca y vibrante.
El camino que le queda por recorrer es largo y difícil ciertamente lo es mucho más que si hubiera apostado por expresiones manifiestamente innovadoras. Y contará, además, con un obstáculo susceptible de convertirse en una trampa mortal: la satisfacción de un público que identifica su obra con la realidad inmediata que lo rodea. Pero ese no es el camino de la verdad y ella, estoy segura, lo sabe.

Carmen García Moya
Crítica de Arte

31/01/94

Sólidos, luminosos, intensos. Son los paisajes de Paloma Ripollés, toda una lección de cómo se debe tratar el óleo, empastado, sin que éste pierda su viveza y su transparencia, de cómo se ha de construir el cuadro con pinceladas seguras, coherentes y sentidas sin caer en el efectismo y la gratuidad.
Paloma Ripollés, de momento, se desenvuelve en la frontera que separa la invención (por lo complejo de sus juegos con la materia) del naturalismo, un terreno en el que puede sacar mejor partido a la juvenil vivacidad de su gesto y demostrar su innata capacidad para la captación del color y de la luz.
Ciertamente, es esta pintora un juego -dramático y no exento de grandeza- porque el dominio que de los pinceles tiene esta artista está fuera de lo común y la alegría que nos comunica debe seguir siendo su mayor tesoro.

Javier Rubio Nomblot
“El punto de las artes”

Todos los críticos coinciden en destacar el color en la pintura de Paloma Ripollés, una artista que, pese a su juventud, ha dado ya muestras de su enorme talento artístico. En su obra, todo está en color, en la fuerza que emerge de su tratamiento y situación en el cuadro, hasta el punto de que todos los elementos alcanzan la misma importancia. Los fondos pasan a primer plano y los objetos de se neutralizan entre sí. La composición, las formas, la luz y cuantos elementos puedan ser analizados en una obra plástica aparecen sometidos al poder del color.
Lo mejor de la artista está en el ejercicio con el que penetra en la esencia misma de las cosas, con una manifestación barroca y vibrante.

J. M. C.
ABC Cultural

La obra de Paloma Ripollés, muestra un silencio pausado e inquietante que invita al espectador a participar de él. A eso le suma su representación de lo cotidiano a base de campos cromáticos que chillan como impulso creador, perviviendo unos al lado de otros y actuando, asimismo, como separación de los diferentes planos y secuencias del cuadro, poseyendo inmediatez y pureza. Ripollés se manifiesta a través de la pintura para encontrarse con ella y juntas enfrentarse a la existencia, de esta forma es como entrar en comunicación con la sociedad y se establece el diálogo.
Al igual que hicieran los “Fauves”, Ripollés investiga todas las posibilidades plásticas del color para crear aquello que ve en la realidad, expresándolo como su verdad. Naturaleza viva o naturaleza muerta, quedan implícitas en el lienzo y despojadas de cualquier rasgo humano, o simplemente disimulado. Ambas están en comunicación ya que el hombre es una parte minúscula de esa naturaleza, con la que se comunica y por la que se mueve con libertad en un gesto de amor y armonía universal. De esta manera se expresa Paloma Ripollés, sacando del fondo de su alma la verdad y realidad para que viva y se contemple en la poética autosuficiente de sus cuadros.

Paloma Vargas
Crítica de arte

El paisaje vive una efervescencia dentro de la pintura que pasa por la reflexión, y Paloma Ripollés (Madrid 1967) se adscribe a ella con frescura, sin desdeñar una inteligente cercanía con Palencia y otros maestros castellanos. Los formatos, tradicionales y conscientemente pequeños, se suman a una paleta brillante y rica dominada por los amarillos y ocres, tan caros a sus fuentes de inspiración.

EL PAÍS
25/3/95

Nunca los límites de un cuadro habían hecho tan poca justicia a una obra de arte. Porque los marcos de estos 35 óleos de Paloma Ripollés (Madrid, 1967) encorsetan una fiesta de colores y fuerzas que precisan de su expansión más allá de la superficie del lienzo o la tabla.
Sin duda, son las gamas cromáticas lo primero que llaman la atención del espectador. De hecho, muchas de sus obras se acompañan de la coletilla “en azules”, “en rosas”… Pero esto no debe enfadarnos. El atrevido y enigmático uso del color se acompaña de un trazo elucubrado y medido, pero que no pierde espontaneidad en ningún momento.
Son líneas paralelas de sus campos de tulipanes, las manchas casi geométricas de los ambientes urbanos (Cuenca, Toledo, Ibiza, etc.), las curvas de los paisajes de olivos… Y a su lado, una pincelada pastosa, expresionista -sólo más diluida en los “apuntes”, marcando el carácter impresionista- que produce una sensación de polvo en la boca, que sólo el amante de la Naturaleza sabe apreciar, y que si el visitante de la muestra siente es porque ha alcanzado el verdadero contacto físico con esta pintura.

Javier Díaz Guardiola
ABC Cultural

24/12/98

Digamos que lo que, de entrada, sorprende de Paloma Ripollés (Madrid, 1967) es la trayectoria recorrida a sus treinta y un años, así como la notable cantidad de obras que, sin apenas altibajos de forma ni consistencia, es capaz de mostrar en una exposición como ésta; obras en las que, de inmediato, destaca el intenso uso del color y su juego de vibraciones lumínicas. En su excéntrica paleta están presentes unos azules, obres, amarillos y morados que empujan a mirar a la vez que al parpadeo. Esta agresividad y riqueza de los tonos empleados y la indudable atracción que provocan en la mirada quedan patentes en las imágenes más cercanas, tanto en esos bodegones de composición ondulantes y aires románticos, como en unas series de hipnóticos primeros planos de frutales. Pero es el trabajo suelto y apasionado con las manchas, con la misma materia pictórica, lo que otorga a las obras de Ripollés una consistencia de mosaico y lo que permite pensar que su luminosa y cristalina pintura de mediodía podría cambiar de clima o desnudarse de atributos para, definitivamente, encontrar su latido.

LA RAZÓN
EL CULTURAL

24/12/98

La más fugaz de las miradas a estos recientes trabajos de la pintora Paloma Ripollés, al pronto advierte que todos ellos están ejecutados por idéntica mano, según se encargan de manifestarlo de modo explícito, la predilección por el color frente al dibujo, la amena y encendida paleta, enseñoreada por los azules, rojos, negros, ocres, verdes y amarillos, la libertad de la forma, que no se deja aprisionar por la rigidez de la línea, y sobre todo, la técnica, óleo sobre lienzo aplicado de manera sabia y precisa mediante la espátula. (…) Contemplándolos, se percibe que Ripollés ha comprendido que, para el pintor, la naturaleza no está ahí para ser copiada sino para ser interiorizada y devuelta al soporte con el lenguaje propio e inconfundible del artista.

D. Enrique Castaños Alés
Crítico de arte

“SUR”, 01/10/04

Los colores vivos y la contundencia de la espátula otorgan fuerza y vitalidad a la obra de Ripollés. El resultado es un conjunto de pinturas luminosas y llenas de optimismo, cercanas al impresionismo por las formas difusas, pero capaces de despertar la reacción del espectador a través de trazos violentos de toque fauvista, realizados con espátula que dan solidez a las obras.
Dña. Amanda Salazar
Crítica de arte

“QUE PASA”, 17/10/04

Tiene la pintura de esta joven artista, Paloma Ripollés, una intención de romper lo convencional, con mano fuerte, intensa y segura, que transmite talento. Su naturalidad imaginativa de refleja en esta colección de lienzos que forman la exposición. Paisajes y bodegones convincentes exploran el misterio de la expresión plástica más vigorosa.
ÉPOCA
30/11/1992

REFLEJOS DE LA CIUDAD IMPERIAL
Paloma Ripollés muestra su visión de Toledo en la sala Dos Arcos
Paloma Ripollés, que estos días expone su obra pictórica en la sala Dos Arcos, ha sabido captar toda la luminosidad y resplandor de particular belleza, que la Ciudad Imperial despierta en los sentidos de aquellos que, como lo hiciera en “El Greco” o, posteriormente, en el escultor Victorio Macho entre aquellos altruistas personajes que vivieron dentro de sus muros, han sabido la magia y el color que la ciudad inspira.
Paloma dota a sus paisajes de un fuerte colorido aumentado, si cabe, por la interposición de unos colores que como el rojo y el verde, el amarillo o el azul, se complementan en pureza y tonalidad, resaltándose entre ellos con fuerte impacto visual y recordando en un principio la explosión fauvista de antiguos bohemios franceses.

BARRIO SALAMANCA
03/12/92

Consigue así formas y texturas atípicas, entre el furor “fauve” y la ordenación del plano, cuidando con minuciosidad el detalle para dotar a todo el conjunto de una unidad reflexiva, gestada con espontaneidad mas no sin reconocido esfuerzo para coordinar de forma intelectual todos y cada uno de los elementos que, en cada caso, concurren en el cuadro. Paloma impone una voluntad de estilo, y ahí radica su mayor mérito.

CORREO DEL ARTE
Diciembre 1992

La naturaleza muerta, los paisajes y la reproducción de determinados edificios son el núcleo temático de la obra pictórica de la joven realizadora Paloma Ripollés. Todos estos planteamientos figurativos se encardinan entre sí debido al fuerte uso matérico del pigmento y al estallido cromático que presentan todas las obras. Pintura, básicamente, lumínica que dimana del interior del cuadro cegando -con la fuerza de los infinitos amarillos, de los sugerentes verdes, de la densa gama de ocres y los rutilantes rojos-, los ojos del espectador.
Son composiciones henchidas de luz que al tratar grandes panorámicas abstraen de su realidad las formas precisas de las cosas confluyéndolas en un proceloso océano cromático que con su oleaje abate corporeidades y volúmenes. Nota característica de su sentir pictórico  es la manera, tan sugerente, de componer los cielos de sus horizontes en una pluralidad sinfónica de “salpicaduras” cromáticas que parecen parangonar el tallado de la madera, expresando una génesis creativa de esfuerzo, de tesón, de lucha contra la materia y de énfasis en extraer a la luz lo que se esconde en el interior de la obra de arte.

Juan A. Gayo
Revista “Crítica de Arte”

Diciembre 1992

SALA DE ARTE MONCLOA
AYUNTAMIENTO DE MADRID
La pigmentación original con la que recubre las obras, tanto de paisajes como de edificios o bodegones, es un elemento importante a la hora de reconocer el estilo personal de la joven artista Paloma Ripollés.
La pintora se sirve del color para captar la atención del observador y delicadamente conducirle por el lienzo hasta sus límites para recorrerlo de nuevo una vez llegado a ellos. Se disfruta en este camino de cada amarillo, rojo, verde, azul, violeta… y así en todos y cada uno de sus tonos que, de modo inteligente, ha sabido aplicar.

Galería Antiquaria
Enero 1993

LOS RENOVADORES DEL SIGLO XX
Paloma Ripollés, una pintura jugosa y de pigmento, ha vuelto a darnos un excelente baño de color en la sala Moncloa. Sus paisajes bajo retículas o ventanales son de una sorprendente factura, además hace doblete este mes de mayo, en el Palacio de Benacazón de Toledo.

Galería Antiquaria
1993

Cosas mías, esto de ir a las exposiciones de pintura. Esta vez me largo hasta Toledo, donde expone una joven pintora, Paloma Ripollés. Técnica florentina y pupila española, esa cualidad de los ojos españoles para penetrar en las luces y en las sombras. Hace unos meses la animé a que abordase la prueba de fuego: la figura humana. Lo ha hecho.

Laberintos Personales
Cándido
Panorama Internacional

17 de mayo de 1993

Paloma Ripollés llevó sus óleos al palacio de Benacazón en Toledo. Con la audacia de quien sabe que la ciudad imperial ha sido mil veces interpretada por los artistas, ella ha querido dejar su propia versión, como experta que es el género del paisaje, especialidad que estudió en Florencia, después de su licenciatura de Bellas Artes en Madrid.

Julia Sáez-Angulo
Galería Antiquaria

1993

ÓLEOS DE PALOMA RIPOLLÉS EN TOLEDO
La pintora Paloma Ripollés presenta, desde el pasado fin de semana, una de sus últimas muestras en el Palacio de Benacazón. La crítica de arte, Julia Sáez-Angulo, dice de la autora que “no se ha resistido a esa atracción poderosa de Toledo, y rendida a su seducción, comenzó a dibujar y pintar la línea que marcan en el cielo sus casas escalonadas, torres, torretas y pináculos, las hoces que horada el Tajo, y sobre todo, las alternancias cromáticas que la luz va conformando en sus volúmenes y oquedades”.

El Día de Toledo
1993

LAS CUALIDADES DE PALOMA RIPOLLÉS
“Jovencísima y experimentada artista ya en posesión de recursos pictóricos personales impropios de la edad, Paloma Ripollés demuestra con este primer lote que desde Madrid acerca a los malagueños por vez primera, unas cualidades notables. Notables doblemente por el trabajo elaborado y por los propios y a veces sorprendentes resultados obtenidos, también lo es por la valentía y decisión adoptadas a la hora de materializarla.
(…)
La encendida paleta de Paloma Ripollés exulta como ella misma de vitalidad y gozo y pintora y pintura alcanzan por los mecanismos del color una comunicación que de otra manera sería imposible.
Paloma no mezcla, sino que superpone los colores y tal modo de trabajar es lo que hace que su obra resulte personal.”

Julián Sesmero
SUR

04/03/94

PALOMA RIPOLLÉS EN LA SALA NOVA II
Si recomendamos esta semana la exposición de Paloma Ripollés, de la que se ocupa la sala II de la galería Nova es porque la joven autora demuestra una inusual capacidad para manejar los colores
Su originalidad estriba en que no los mezcla, sino que los superpone, surgiendo de dicha técnica una verdadera y casi desafiante propuesta estética.

SUR
05/03/94

EL NATURALISMO DE RIPOLLÉS Y SU SOBRIA TEORÍA DEL COLOR
Talento es el sustantivo que más se ajusta en la definición de la labor pictórica de la joven artista Paloma Ripollés, quien desde ayer cuelga 22 óleos en la sala de Caja Castilla-La Mancha de la capital.
Ripollés se enmarca a sí misma dentro del estilo naturalista, aunque está abierta a las críticas que también la inscriben en los rasgos característicos del fauvismo, impresionismo o incluso del realismo figurativo. Explica de forma sosegada que su objetivo es interpretar la naturaleza -que no copiarla- dentro de una perfecta y sobria teoría del color. Su lema, claro y significativo, es que todos los colores contienen a todos ellos, en una cadena de tonalidades primarias y complementarias que se necesitan para la confección integral de una composición.


J. Yebenes
Ciudad Real
Diario Lanza

06/05/94

Exposiciones y actos culturales en la primera quincena del mes de mayo en Ciudad Real
(…)
Sala de exposiciones de Caja Castilla-La Mancha, nos presenta su obra más reciente la pintora Paloma Ripollés, madrileña, licenciada en Bellas Artes y currículo muy extenso en estudios, master y colaboraciones dentro de las artes plásticas, con su extrañeza por mi parte dada su juventud.
Centrándome en la exposición son francamente de buena calidad, logra en los paisajes rurales una perspectiva y una lejanía muy interesante, su gama cromática es un abanico abierto al color, amalgama fríos y calientes, siendo el resultado obras con fuerza, su pincelada es vigorosa y ágil denotando destreza en cada una de ellas, siendo su mayor logro sus texturas, que imprime su sello personal, siendo muy adecuado y una de las fases más importantes dentro del arte. Tenía conocimientos de esta artista por revistas especializadas, pero no conocía su obra in situ, después de estudiarla puedo decir que su calidad es muy importante y a la vez muy bien tratada, pudiendo alcanzar si se lo propone esa meta soñada por todo artista, cualidades reúne para poder conseguirlo.

Canfali

EL COLOR COMO EXPRESIÓN
Paloma Ripollés expone sus obras en el Meliá
La artista madrileña Paloma Ripollés expone durante este mes sus últimos cuadros en el hotel Meliá Cáceres. La muestra tiene como característica principal el juego que la pintora hace con el color y su variedad cromática.
“Me defino como naturalista-impresionista. Hago una interpretación de la naturaleza, de la realidad. En mis cuadros están incluidos todos los colores y juego con los colores complementarios. Al final, es una especie de superposición  de capas”, define la autora.
(…)
“El color crea una interacción con las capas. Nunca hago un dibujo y coloreo, sino que hago volúmenes, pero en mis obras no hay nada definido, salvo los volúmenes y las sombras. Suelo trabajar con espátula y el pincel lo utilizo sólo para marcar algunos puntos”.

A. Villar Novillo
Cáceres

El periódico Extremadura

RETRATOS DEL PAISAJE CASTELLANO
La sala Gaudí acoge hasta el 11 de abril la última muestra individual de Paloma Ripollés.
El paisaje, la naturaleza, los cielos diáfanos y amplios de Castilla. Los almendros en flor y girasoles, el bosque bajo mesetario o el barrio viejo de la gótica ciudad de Cuenca son algunos de los temas que recogen los lienzos que la pintora madrileña Paloma Ripollés Aguilar nos muestra en su última exposición individual en Madrid.
Ripollés es depositaria de un tipo de pintura entre impresionista -rapidez, aire libre, directo del natural, colorido-, expresionista -intensidad de la expresión aún a costa del equilibrio formal- y abstracción, por lo que refiere a forma, color, estructura e intención.
Es una artista colorista, como sus compañeros del centro de la península. Sus obras contienen inmensidad de tonalidades y cromatismos cálidos y oscuros, delimitando zonas de sombras azules o resaltando el encendido resplandor de los olmos y castaños cuando llega el otoño. La pincelada, corta y superpuesta, deja entrever otras capas de pintura sobre las que ha sido depositada, creando efectos de textura y relieve merced a la utilización adecuada de los utensilios artísticos.

La Gaceta Local Chamartín
25/03/95

ARTE
Encerrado en los lineales límites del lienzo, el cuadro es una unidad. Con independencia del entorno o del motivo que lo inspira, disfruta de vida propia: un origen y unas motivaciones. Al menos así, en su juventud personal y artística, lo interpreta Paloma Ripollés. Un paisaje, cualquiera que sea el modelo real, empieza y termina en sí mismo, por ello, no entiende a aquellos espectadores obsesionados en identificar las pinceladas con algo tangible. Aunque figurativa, prefiere que sus obras se contemplen con la libertad de interpretación que permite el arte abstracto, sin necesidad de fijar puntos de referencia. Así, en uno de sus paisajes, separa con un trozo de papel una pequeña franja en la que sólo se distingue una mancha de color y comenta, “¿dónde está la realidad?, allí fuera, pero nunca en la superficie del cuadro”.

Laura Revuelta

PALOMA RIPOLLÉS, EL IMPACTO DEL COLOR
En la obra de Paloma Ripollés, licenciada en Bellas Artes especializada en Restauración de Pintura, con diversos cursos y masters en Florencia, acusa su vocación matérica que se hace labor sustantiva. De ahí que sus paisajes sean territorios creados desde el limo de su cromatismo, dentro de un esquema dibujado que determina las referencias y proporciona lecturas cómodas y sugestivas. Quizás las manipulación de los elementos, natural en quien se ha adentrado en el trabajo restaurador, sea un factor que agrega constantes a unos espacios donde la naturaleza muestra suelo y cielo, el relieve del surco, el toque de la espátula o del pincel, con ese dedo que afirma una realidad emocional. Paloma Ripollés es una profesional en experimentación constante, ha estudiado procedimientos pero también gestión de museos, lo que le ofrece diversas vertientes de consideración que son sumandos a la hora de realizar su obra, una pintura que ha venido exponiéndose desde finales de los noventa -Jóvenes Pintores de la Escuela de San Fernando, de Madrid en 1989- y después en individuales celebradas en Florencia, 1991, Madrid, Toledo, Málaga, Cuenca, Ciudad Real, Albacete… unas presencias que marcan el dinamismo en un trayecto que sigue sin perder sus señas de identidad.

El Punto de las Artes
18/12/98 al 14/1/99

VIBRACIONES CROMÁTICAS
La más fugaz de las miradas a estos recientes trabajos de la pintora Paloma Ripollés (Madrid, 1967), al pronto advierte que todos ellos están ejecutados por idéntica mano, según se encargan de manifestarlo de modo explícito la predilección por el color frente al dibujo, la amena y encendida paleta, enseñoreada por los azules, rojos, negros, ocres, verdes y amarillos, la libertad de la forma, que no se deja aprisionar por la rigidez de la línea y, sobre todo, la técnica, óleo sobre lienzo aplicado de manera sabia y precisa mediante la espátula.
(…)
Los estupendos paisajes mediterráneos, con un garboso equilibrio de las masas y de los pigmentos, interpretando con un estilo muy personal, en el que la naturaleza se expresa con contenidos arrebatos, la estética “fauve” y los exultantes logros del Benjamín Palencia de la década de los cincuenta. Contemplándolos, se percibe que Ripollés ha comprendido que, para el pintor, la naturaleza no está ahí para ser copiada, sino para ser interiorizada y devuelta al soporte con el lenguaje propio e inconfundible del artista.

Enrique Castaños Alés
Vivir la Cultura

SUR El Periódico de Málaga